La verde memoria

LA EDUCACIÓN DE UN POETA

[…] ”Las últimas cigarras de la estación sonaban en todos los
follajes alborozados y felices. Su canto crecía y decrecía como
obedeciendo a la batuta de un director de orquesta invisible, y
llegaba hasta mi madre en anchas y musicales oleadas, que ella
escuchaba atenta y feliz, pues le parecían que cantaban en
honor de su hijo. Que celebraban el nacimiento de su hijo.
Yo mismo me complazco en imaginar, a veces, que mi vocación
me viene de aquellas lejanas cigarras de febrero cuyo canto fue
el primer sonido que yo escuchar”. […]

“El nacimiento”. La verde memoria. (Fragmentos adaptados).

FAMILIA AGUERO

La familia de mi padre pertenecía a un antiguo linaje español…

[…] “El fundador de las diversas ramas americanas de este apellido fue uno de los compañeros de los
conquistadores del antiguo reino de los Incas, en el Perú. Sus descendientes que acompañaron a los
conquistadores del Tucumán se afincaron en la recientemente fundada ciudad de La Rioja. A principios del
siglo XVII, uno de los varones de esta rama riojana de mi apellido, adquirió tierras en los departamentos
situados al noreste de la provincia de San Luis. Este señor fue el abuelo de mi tatarabuelo. Y construyó su casa,
una casa de gruesos muros de adobones con techumbre de paja y recias puertas de madera labrada con azuela,
a la sombra de un algarrobo cuya edad se calcula en más de ocho siglos. Este algarrobo cuya impresionante
ancianidad ha emocionado siempre a cuantas personas han tenido la fortuna de conocerlo es designado por los
habitantes de la región con el nombre de Algarrobo de los Agüero. La presencia de este gran árbol, su tronco
gigantesco que apenas si puede ser rodeado por seis hombres con los brazos abiertos se halla tan ligado a la
historia de la familia de mi padre que ha llegado a ser considerado por toda ella como un miembro de nuestra
sangre, el más importante sin duda, el más glorioso también. […]
[…] Es como un dios vegetal. Un símbolo de la fuerza creadora y eterna de la naturaleza ante la cual en tiempos
anteriores a la llegada de los guerreros blancos las tribus de indios comechingones se acercarían con muestras
del más religioso respeto.
Mi familia paterna daba también, como el árbol tutelar, esa misma impresión de extrema vejez. Parecían
siempre un poco inactuales, gente nacida por error en este siglo”.
[…]

“Raíces paternas”. La verde memoria. (Fragmentos adaptados).

ABUELA MISIA TELESFORA

[…] “Con el nacimiento de su primer hijo, un varón, la salud de mi abuela quedó
resentida para siempre.

[…] La mayor parte de sus días de casada los pasó en cama, en el gran lecho
matrimonial con dosel y cortinados de terciopelo. […]

[…] Y así desde la cama, reclinada sobre blandos y gruesos almohadones o en los
días de sol sentada en una hamaca la abuela frágil y menuda presidía el hogar y
dirigía siempre vigilante y atenta la enorme actividad que llenaba la casa. Casi
todos los años llegaba un nuevo hijo. […]

[…] La noche del fallecimiento de mi abuela murieron también, quién sabe por
qué extraña coincidencia todos los pájaros cantores que guardaba en una de las
pajareras del jardín. Un Rey del Bosque que ella había criado desde pequeño y dos
cardenales amarillos de copete oscuro, que ella tenía por costumbre alimentar en
su propia mano. […]

¿Por qué causa, tal vez originada en el orden sobrenatural de las cosas dejaron de
latir al unísono con el suyo los pequeños ardientes corazones de sus tres pájaros
favoritos?”. […]

“El abuelo Francisco”. La verde memoria. (Fragmentos adaptados).

EL ABUELO FRANCISCO

… y es así que un día, un poco antes de cumplir los veinte años, Francisco emprende viaje al Río de la Plata, a bordo del velero que comandaba su primo.

“Mi abuelo Francisco era de origen español y había nacido a principios del siglo pasado en un pueblecillo próximo a la ciudad de Barcelona, junto a las aguas históricas y
azules del Mediterráneo.
[…] y es así que un día, un poco antes de cumplir los veinte años, Francisco emprende viaje al Río de la Plata, a bordo del velero que comandaba su primo. La anciana madre
lo despidió llorando con desesperación, como si comprendiese, en lo más íntimo de su entraña materna, que no lo vería más. […]
La travesía del Atlántico a bordo del velero le fue para Francisco penosa en extremo. Siempre recordó con disgusto los largos días que pasó tendido en la estrecha litera
del camarote, cautivo del más persistente mareo. Por fin, luego de más de sesenta días de navegación, fondearon en el puerto de Buenos Aires. […] El hermano mayor, a
quien Francisco casi no recordaba, lo esperaba en el muelle. Qué extraño le pareció todo, a pesar de oír hablar el propio idioma, en esta Argentina de sus grandes sueños.
Francisco trabajó algunos meses en la fábrica que poseía su hermano mayor. Pero su espíritu de empresa unido a ese legítimo deseo de aventura tan explicable en un
corazón juvenil como el suyo, bien pronto le fueron trabajando el ánimo en el sentido de hacerle comprender lo monótono y rutinario del modesto empleo que
desempeñaba en la fábrica. Por otra parte era, como la mayor parte de los hombres de su raza, individualista e independiente en extremo, tanto que no pudo tolerar nunca
amos de ninguna condición, así fuese su propio hermano. Y un buen día, sin otra fortuna que los pocos pesos que había ahorrado con su trabajo, cargó sus bártulos a bordo
de una de las naves que remontaban el río Paraná y se fue hasta Rosario de Santa Fe.
Y desde esta ciudad, aprovechando un arreo de mulas que transportaban mercaderías hacia el interior del territorio, se trasladó hasta un lugar denominado Valle del Conlara
situado en el extremo nordeste de la Provincia de San Luis. Esta era la primera vez que Francisco montaba a caballo y lo hacía ahora nada menos que para iniciar un largo
viaje de quinientos kilómetros, a través de inmensas regiones deshabitadas en su mayor extensión, donde el viajero desprevenido podía tener un peligroso encuentro con las
hordas ululantes de los indios ranqueles que montados en sus veloces caballos pampas tremolaban sus lanzas sobre la pluma de sus cabezas.
[…] Cuando cruzaron por fin las altas montañas y contempló, abierto a sus pies, el gran valle, una enorme alegría le endulzó el pecho. Se encontraba por fin en el mismo
corazón de la Argentina, a mil kilómetros de Buenos Aires, en un país de buen clima y mejor tierra que solo esperaba la pujanza de los brazos jóvenes, el amor de un espíritu
viril para entregar con generosidad sus frutos”.

 La verde memoria. Obras completas (Fragmentos adaptados). ( Obra póstuma).

TÍA ADELINA

…Por aquel tiempo todo el exceso de ternura maternal de Tía Adelina que con
el casamiento de su único hijo no tenía en dónde volcarse, le fue prodigado a
una catita verde que había criado con infinita paciencia desde que era un
pichón implume y desvalido. […]

“El amor de la anciana por esta ave era en extremo conmovedor. Poco a poco, sílaba
a sílaba, fue enseñándole a pronunciar palabras. La catita demostró poseer una
retentiva asombrosa para cuanto vocablo le enseñase su dueña. Rezaba el
Padrenuestro. Sabía los nombres de todos los habitantes de la casa. […]

   El pequeño animal poseía un plumaje maravillosamente verde, con un verdor
vegetal de hojas nuevas entremezclados de reflejos metálicos que era una deliciosa
fiesta para los ojos. Sobre todo para los ojos nuestros, de infantes curiosos.

  Recuerdo las horas de felicidad que experimentaba cuando por las mañanas
podía asistir a la ceremonia de dar el alimento a la catita verde. La anciana se
sentaba en una silla baja, la misma silla cuyo asiento se hallaba cubierto por un
mullido almohadón de felpa, que ella utilizaba para cebar el mate y contarnos
cuentos. Habría la puertecita de la jaula e introducía la mano en su interior para
luego sacarla con el simpático animalejo posado en su dedo índice. La anciana,
entonces, la ponía en sus faldas haciéndole toda clase de mimos mientras le hablaba
continuamente con la voz delgada y pequeña de hablar a los niños de pecho,
mientras le iba introduciendo en el pico porciones de pan mojado en leche
azucarada. La catita esponjaba las plumas de alegría y satisfacción […] mas a mí,
me parecía que con este continuo agitar de su cabecita el animalejo quería
manifestarle a la anciana su agradecimiento por la sabrosa comida y todos los
cuidados que esta le prodigaba. […]


“La catita de tía Adelina”. La verde memoria.

PADRE Y MADRE

Y mi padre, extrayendo del bolsillo interior de la americana un puñado de hojas, comenzó la lectura de los versos. El poema era un
canto en honor a su hijo.

Corría el mes de febrero de 1919. Mis padres quisieron festejar con un almuerzo familiar mi segundo cumpleaños, que caía, precisamente,
en los primeros días de ese mes.
[…] Cuando sirvieron el café mi padre anunció a todos los comensales que la noche anterior había compuesto un poema, “unos pequeños
versos sin mucho valor”, comentó él con modestia, en honor a su hijo primogénito que quería leer en tal ocasión. Todos lo presentes
asintieron con entusiasmo. La primera, mi madre, que nada sabía de la sorpresa que le guardaba su esposo.
Y mi padre, extrayendo del bolsillo interior de la americana un puñado de hojas, comenzó la lectura de los versos. El poema era un canto en
honor a su hijo. Los versos decían musicalmente los goces de la paternidad. La ternura de la esposa. Y auguraban para su hijo pequeño un
destino de hombre lleno de luz y de gloria. Le señalaba como un deber amar a su propio país por sobre todas las cosas y cumplir entre los
hombres una misión universal de buena voluntad. […] Cuando mi padre terminó la lectura, los ojos de la mayor parte de los presentes
estaban empañados por la humedad del llanto. Mi padre dirigiéndose a mí con esa voz deliberadamente infantil que los hombres adultos
adoptan cuando hablan a los niños me decía: “cuando sea grande y escriba versos ¿se burlará un poco de los versos de su padre, no es
verdad?”.
Pero nunca fue así. Conservo entre mis papeles y recuerdos más caros las hojas ahora amarillentas de aquel poema. […] Y siempre, cada
tanto, cuando abro el antiguo cofre que los contiene, leo los versos, y es como si escuchase una lejana y dulce voz de hombre en mi oído, la
voz de mi padre.

“La muerte de mi padre”. La verde memoria. Obras completas. (Fragmentos adaptados).

No quiero ser nada más ni nada menos que un maestro rural…

A los pocos años de ejercer el magisterio en la escuelita de Piedra Blanca la afluencia de alumnos se había hecho tan numerosa que mi
padre comunicó a las autoridades superiores la necesidad de que le enviaran un maestro ayudante. Y una mañana a principios de otoño,
descendió de un tílburi en el patio una señorita a quien acompañaba un señor. Era mi madre en compañía de uno de sus hermanos.
Había sido designada maestra ayudante en esa escuela y llegaba para tomar posesión de su cargo. Los recibió mi padre con muestras de
gran satisfacción.
[…] por aquellos días mi padre había recibido muchas propuestas e invitaciones para que pidiera traslado a una ciudad, a centros que le
ofrecieran mejores posibilidades para su porvenir. […] Mi misión está aquí -solía decir disculpándose- no quiero ser nada más ni nada
menos que un maestro rural. El campo de nuestro país necesita muchos miles de maestros.”

“Raíces paternas”. La verde memoria. Obras completas. (Fragmentos adaptados).

La agonía de mi padre -muerto en el invierno de 1919 a causa
de la peste de gripe infecciosa que despobló el pueblecito tanto
como una guerra civil- nos fue narrada por mi madre una y otra
noche con toda suerte de detalles.

Y en un niño pequeño la palabra vale tanto como la cosa que
expresa, es el objeto mismo. Le hablan a un niño de Dios y el niño
ve a Dios a poco de cerrar los ojos. Le dicen una rosa y él mira a
la rosa como si la contemplara entre sus dedos. Porque en ese
tiempo el idioma conserva aún su salvaje frescura, su no gastado
poder de evocación. Mi madre al contarnos la muerte de nuestro
padre, sentada en la penumbra atardecida del corredor, con mi
cabeza caída en su regazo siempre de negro, lo hacía con una voz
aún joven, aún enamorada; y ese sentimiento ponía en su
palabra una profunda expresión de verismo. También ella anduvo
desde niña entre muertes: un hermano, el primogénito de la
casa, varón hermoso y alto, se suicidó antes de los treinta años, y
su cuñado se abrió el cuello con la navaja de afeitar al poco
tiempo de nacer yo. Y todo esto nos lo contaba, y la oíamos con
una sombra sobre el rostro, sin deseo de llorar, atentos,
asomados a su voz como a una alta ventana nocturna.

“Temor”. La verde memoria. Obras completas. (Fragmentos).

MADRE

Nuestra madre solía referirnos que en la época de su niñez los fogones de casa eran los mejores del pueblo. […] Ninguna
escena cinematográfica puede igualar en dramatismo a esta imagen bárbara y viviente que la palabra de nuestra madre
coloreaba para nosotros.

Otra de las felicidades que alimentaban la ilusión y el asombro infantil en aquella época la constituían las luminarias de San juan y de
San Pedro, en las vísperas de los días de estos santos del 23, y 28 de junio.
[…] Nuestra madre solía referirnos que en la época de su niñez los fogones de casa eran los mejores del pueblo. El abuelo Francisco
en persona solía dirigir su erección para la cual disponía del trabajo de tres o cuatro peones de las fincas. Eran fogones casi tan altos
como el campanario de la capilla y en vez del mastil central de madera de álamo se colocaban varias barricas vacías de yerba, y latas
de querosén, y gruesas de cohetes para producir un más tremendo efecto. Entonces se practicaba el peligroso deporte de saltar a
caballo por sobre las llamas. Nosotros solíamos escucharla con los ojos desmesuradamente abiertos de asombro, casi como si
fuésemos testigos de tamaña hazaña. Nos parecía ver el terrible espectáculo del jinete saltando por sobre las altas y violentas
lenguas de llama. El caballo encabritado, con las negras crines al viento, el ojo brillante animado por esa luz desmesurada de los
caballos indómitos. Y encima poderoso y sin miedo el gaucho que lo hería con las grandes y sonoras espuelas. De pronto el caballo
no lograba pasar el círculo de fuego y caía en medio, levantando remolinos de chispas y tizones ardientes. El grupo de curiosos se
desbandaba presa del pánico. Y en medio del círculo ígneo como un demonio o un arcángel el jinete trataba de dominar al
enloquecido caballo. Ninguna escena cinematográfica puede igualar en dramatismo a esta imagen bárbara y viviente que la palabra
de nuestra madre coloreaba para nosotros.

“Los fogones”. La verde memoria. Obras completas, 1983. (Fragmentos adaptados)

Al cumplir los trece años, fui enviado a la Escuela Normal en la ciudad capital de mi provincia.

“Recuerdo mi última tarde en el campo: una tristeza, opaca como la niebla de julio en los montes se había adueñado de mi
corazón, de mi alma, incluso de mi garganta que me obligaba de vez en vez a llevar las manos al cuello cual si padeciera
un principio de ahogo. Mi baúl de colegial ya estaba en la mitad del patio, al pie de la morera, fuertemente liado con
alambre, y mostrando, a quien supiera leer, su gran rótulo blanco: —Antonio Esteban Agüero, San Luis—. En toda la
casa bullía como un trajín de día de fiesta. Era un ir y venir de criadas afanosas. Mi madre, siempre de luto, grave y blanca
como todos los días, consultaba la hora a cada momento en el reloj de plata que perteneciera a mi padre. Y decía: “Ya
debería estar aquí este coche. Está tardando demasiado”.

“ Primer viaje a San Luis”. La verde memoria. Obras completas.

(Fragmento).

Y tuvo comienzo, entonces, lo que podría llamar mi batalla con el idioma.

“La lucha dramática de mi vocación naciente con la dura y rebelde sustancia del lenguaje de la cual no se puede esperar
más que dos resultados: la derrota o el triunfo. Batalla sorda, subterránea, secreta, de todos y cada uno de los instantes,
de la vigilia y el sueño.

 Recordando ahora el comienzo de esa batalla me parece que en la lejanía del tiempo una alta mole de piedra, de piedra
basta, un duro y áspero bloque recién separado de la cantera originaria, que es el idioma, la lengua castellana en toda su
antigua grandeza de siglos, con sus millares de vocablos sueltos, los lineamientos de su gramática, su mucho de latín, su
poco de árabe y sus porciones de gótico y de celta, cargado con un inmanente potencial de música sutil y armonía plástica
que la recorre por dentro como una soterrada corriente. Y delante del bloque pétreo, inconcebiblemente joven y desvalido,
yo, el oscuro y pequeño poeta. Y Dios que habla con la voz impasible de las estrellas y me dice: “Es con esa piedra que
tienes que trabajar, con ese basalto informe que tienes que elaborar tu obra, que construir las criaturas de tu corazón y las
formas de tu alma”.

 Yo alzo los ojos tímidos hasta el bloque de piedra y un escalofrío de impotencia me recorre la espalda, tan áspero es,
tan informe se destaca bajo la luz, tan imposible de vencer como la montaña, como el mar, como cualquiera de las fuerzas
primordiales de la Naturaleza. ¡Oh, yo nunca sabré dominarlo, Señor Dios!”. […]

“ Angustias de una vocación naciente”. La verde memoria.

(Fragmentos adaptados). (Obra póstuma).

Desde el día en que me enseñaron el Catecismo “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”,
comencé a creer que Dios estaba, más que en ningún otro ser o cosa del mundo, en los pájaros, dentro
del corazón de los pájaros, pequeñito, húmedo y escarlata como un fruto, no mayor que las cerezas
maduras, y que yo había sentido, por repetidas ocasiones, en mi mano, siempre con renovado asombro.

“ Primeras salidas”. La verde memoria. (Fragmento). (Obra

póstuma).